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Bilbao-Donostia

Donostia Vega del Oria ibarra Orio Zarautz Zumaia La rasa mareal Deba Ría de Deba Mendaro Durango Bilbao

Bilbao

Todo gira en torno al efecto “Guggenheim Bilbao”...la energía que ha dado a la ciudad proyección internacional, convirtiéndola en el eje de toda su regeneración. La obra de Frank Gehry no deja indiferente a nadie. Muy cerca, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, muestra su nivel con un conjunto patrimonial de más de diez mil piezas. Estás en un escenario de auténtica vanguardia. Un núcleo de “culto al arte” que concentra los grandes nombres de la arquitectura a nivel mundial.

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Durango

La villa de Durango se enmarca en el Parque Natural de Urkiola, enclave del Santuario de Urkiola. Su núcleo destaca por su rico y variado patrimonio monumental, donde sobresale el casco histórico, de bella estructura medieval. No te pierdas la Puerta de Santa Ana, la Iglesia de Santa María de Uríbarri y la magnífica Cruz de Kurutziaga, de fines del siglo XV, representando el árbol de la vida. Puedes verla en la ermita de la Veracruz, acondicionada como Museo Kurutzesantu.

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Mendaro

Esforzadas gabarras cargadas de cacao procedentes de ultramar remontaban el río Deba en dirección a Mendaro hace casi dos siglos. Hoy la materia prima llega por carretera, pero el famoso chocolate de la localidad continúa elaborándose de forma artesanal. Es quizás el más conocido, pero no el único encanto del lugar. Varias casas torre, ermitas y la serena belleza del valle de Kilimon invitan a las personas que se acercan a Mendaro a detenerse y disfrutar de este pueblo donde el tren se despide de la costa rumbo a las comarcas del interior.

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Ría de Deba

Antes eran las barcazas cargadas de cacao y ahora son las txalupas de pescadores las que remontan el Deba con la pleamar. Sus orillas ofrecen improvisados atraques para las txipironeras que buscan refugio al caer la noche. También en busca de lugares de pernocta, pero atraídas sobre todo por la abundancia de alimento, cientos de aves acuden a las marismas que se extienden en la orilla. Una vez más, el tren es testigo incomparable de esta explosión de vida.

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Deba

Antiguo fondeadero de galeones, entre sus calles con sabor a salitre destaca la soberbia iglesia gótica de Santa María. Su pórtico y su claustro atraen a no pocos turistas, aunque fue la playa la que convirtió a Deba en uno de los referentes costeros de Gipuzkoa. Detrás de su éxito, el tren de la costa, que ha traído a visitantes de todos los rincones de la península desde su puesta en marcha a comienzos del siglo XX.

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La rasa mareal

Entre Zumaia y Deba el tren se adentra en parajes vírgenes donde las colinas amables se funden con una costa indómita. Es el territorio del Flysch, la rasa mareal más imponente de la costa vasca. Sus impresionantes acantilados parecen auténticos milhojas que se desmoronan limpiamente, dejando al descubierto un auténtico libro de historia de la Tierra. Aquí no hay carreteras, sólo sendas abiertas al paso de caminantes, que llegan a pie hasta los rincones más hermosos de esta zona.

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Zumaia

Situada en un privilegiado enclave del estuario del Urola, Zumaia esconde hermosas sorpresas. Entre las callejuelas laberínticas de su casco antiguo sobresale la iglesia gótica de San Pedro. Colina arriba, la ermita de San Telmo cuelga en arriesgado equilibrio de un acantilado vertiginoso sobre la playa de Itzurun. Es también a orillas del Cantábrico donde nos espera el fantástico museo de Zuloaga, con su magnífica colección de pintura en la que no faltan obras de Goya y El Greco.

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Zarautz

El largo paseo del Malecón, que continúa después hasta Getaria colgado del acantilado, es una cita obligada para visitantes y paseantes del lugar. La playa de Zarautz, cuna de grandes surfistas, se estira a sus pies. Tierra adentro se encuentra el casco antiguo, que se extiende junto a la estación de Euskotren. Casas-torre, palacios y plazas bulliciosas son testimonio de una rica historia y de un presente animado y acogedor.

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Orio

El puerto, situado en la orilla opuesta a la estación de Euskotren, es el centro neurálgico de esta villa pesquera. Redes, cajas apiladas y barcos de todos los colores y tamaños caracterizan este encantador rincón a pie de ría. Remontando la ladera, intrincadas callejuelas salpicadas de asadores nos llevan hasta el corazón del casco histórico. En él podemos descubrir la iglesia medieval de San Nicolás, encaramada en lo alto de una roca, y varias casas blasonadas.

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Vega del Oria Ibarra

Entre Usurbil y Orio el tren discurre por un paraje que cambia al ritmo de las mareas. El Oria, espina dorsal de Gipuzkoa, se relaja en estas tierras formando una ría con sabor a mar. Son aguas anguleras de pesca generosa y paseo agradable. Pero no hay manera mejor para disfrutar de este lugar que hacerlo desde la ventanilla del tren, que se asoma al estuario desde un trazado privilegiado. El rítmico traqueteo se alía con la panorámica, marcada por una gran riqueza natural y por la presencia de afanosos pescadores en sus bateles de fondo plano.

Donostia

San Sebastián ha sido aclamada como destino turístico desde hace más de cien años, cuando los reyes y la nobleza la escogieron para sus vacaciones. La famosa playa de la Concha, de arenas finas y aguas tranquilas, es el centro a partir del cual gira la ciudad. Los montes Igeldo y Urgull cierran una bahía perfecta en la que parece flotar la siempre verde isla de Santa Clara.

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Bilbao-Bermeo

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Bilbao

Todo gira en torno al efecto “Guggenheim Bilbao”...la energía que ha dado a la ciudad proyección internacional, convirtiéndola en el eje de toda su regeneración. La obra de Frank Gehry no deja indiferente a nadie. Muy cerca, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, muestra su nivel con un conjunto patrimonial de más de diez mil piezas. Estás en un escenario de auténtica vanguardia. Un núcleo de “culto al arte” que concentra los grandes nombres de la arquitectura a nivel mundial.

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Gernika

Símbolo del autogobierno vasco, Gernika es una parada obligada en todo periplo por Urdaibai. La Casa de Juntas y el emblemático árbol bajo el que se juraban los fueros de Bizkaia son su principal atractivo, pero hay muchos más. El cercano museo de la Paz y el genial parque de los Pueblos de Europa, con valiosas esculturas y arbolado generoso, también merecen una visita. Aunque el evento que más visitantes atrae no es un monumento sino el multitudinario mercado de los lunes, que llena de vida y bullicio las calles de la localidad.

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Urdaibai

En cuanto abandona Gernika, el tren se interna de lleno en los parajes más hermosos de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Es tiempo de relajarse y dejar volar la vista por la ventanilla. La ría parece vestirse de gala a nuestro paso, mientras descubrimos un auténtico paraíso natural. Arenales que aparecen y desaparecen al ritmo de las mareas, marismas que esconden una enorme biodiversidad y pastos siempre verdes junto a caseríos centenarios sirven de telón de fondo para un viaje que siempre resulta demasiado corto.

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San Kristobal

Frente a San Kristobal y su apeadero se extienden las marismas más interesantes del estuario. Un sendero serpenteante se adentra en ellas para sumergir a los y las visitantes en un mundo dibujado entre el mar y la tierra. Un observatorio de madera permite espiar a las aves, que picotean en el limo y se zambullen en las aguas en busca de alimento. Aunque son más abundantes durante la migración otoñal, cualquier época del año es buena para disfrutar de este impresionante escenario natural.

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A la sombra del Txakoli

Largas filas de pilastras junto a las calzadas recuerdan la importancia que tuvo el txakoli en Urdaibai. Con ellas se lograba que las viñas, plantadas a ambos lados del camino, se extendieran creando un emparrado sobre ellas. De este modo se conseguían las condiciones ideales para la vid y se ofrecía sombra a caminantes. Una sencilla ruta a pie de dos horas de duración descubre un viejo camino emparrado y nos acerca hasta la torre de Madariaga, reconvertida en Centro de Biodiversidad de Euskadi.

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Itsasbegi

La isla de Txatxarramendi parece flotar en la ría junto al apeadero de Itsasbegi. Su impresionante masa forestal impulsó la creación en ella de un parque botánico. El principal protagonista es el encinar cantábrico, una de las últimas muestras de los bosques que hace milenios cubrieron toda la comarca. A Txatxarramendi se puede llegar a pie por los arenales en plena bajamar, aunque existe otra opción, menos romántica pero más práctica, que consiste en atravesar el puente que la une a tierra firme.

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Laida

Conforme se acerca la desembocadura del estuario, los horizontes se abren. Los bancos de arena dibujan hermosos cuadros abstractos al paso del tren. Las mareas y las corrientes juegan con el paisaje para modelar la hermosa playa dunar de Laida. Con marea alta, los arenales desaparecen casi por completo. Es entonces cuando pescadores y pescadoras aprovechan para hacerse a la mar en sus txalupas. Cuando las aguas bajan, llega el turno de bañistas y amantes del sol.

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Mundaka

En la desembocadura del estuario de Urdaibai, este viejo pueblo pesquero rebosa de encanto marinero. La ermita de Santa Catalina, colgada sobre un pequeño promontorio y sometida a los más feroces embates del mar, vigila atenta a los y las surfistas, que llegan hasta aquí en busca de la mejor ola izquierda de Europa. Junto a ellos y ellas faenan los pescadores y las pescadoras desde sus txalupas, que brindan un toque de color a la pequeña rada del puerto, fachada de lujo para un casco antiguo de intrincadas callejuelas.

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Izaro

Entre Mundaka y Bermeo, el tren deja atrás el estuario para abrirse paso entre acantilados asomados al Cantábrico. Varada frente a la desembocadura de la ría, como si se tratara de un enorme pedrusco arrastrado por la fuerza del agua, se recorta la isla de Izaro. Hoy islote deshabitado y batido por los vientos, acogió un convento franciscano hasta que en el siglo XVI fue arrasado por Sir Francis Drake, un temible corsario inglés que convirtió Izaro en leyenda.

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Bermeo

Bermeo sabe a mar, a pescado fresco y a salitre. La vieja rada de su puerto, rodeada de pintorescas casas de pescadores, vive al ritmo de las constantes idas y venidas de los hombres del mar. Aquí duerme cuando no está faenando la mayor flota de bajura del Cantábrico, un sinfín de barcos de alegres colores y vida azarosa. Tal es el arraigo de la pesca en la villa que el edificio más representativo del casco antiguo acoge el museo del Pescador. Se trata de la torre de Ercilla, una recia construcción gótica que rivaliza en belleza con el claustro del cercano convento de San Francisco.

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